Durante toda esta semana no se hablaba de otra cosa, los días pasaban como de costumbre, pero algo distinto se respiraba en el aire ¿Qué más? Sino el clásico de fútbol entre América y Guadalajara. Pero llegó el fin de semana, llegó el domingo. Para unos, día religioso, el estadio su templo. Para otros, sabían que era el día de dejar todo en la cancha, se jugaba más que solo tres puntos, y para algunos así fue. Los aficionados colmaron el estadio Azteca, los vendedores tambien, los niños, con playeras de sus equipos respectivos, esperaban ansiosos a que el juego comenzara, pero antes de ello, se veía que, con el solo hecho de estar en el “Clásico” con su equipo y ante el odiado rival, estaban más que satisfechos; sin embargo, la admiración reflejada en su mirada al recorrer el estadio es interrumpida por la marcha de los jugadores a la cancha.
Durante el encuentro, el balón iba y venía, pero los de casa lo retenían por más tiempo. Hubo un lapso de tan solo tres minutos, entre el sonido que despedía el silbato del árbitro anunciando el inicio del partido y las gargantas que cantaban emocionadas el gol. Las caras de quienes se decían “chiva de corazón” reflejaban la angustia, que fue así por más de 90 minutos y que vieron pasar sin que su equipo remontara el marcador. Las pocas jugadas que pudieron hacer los rojiblancos los ilusionaron, pero los frustraba mas ver el embate de los amarillos.
El tiempo reglamentario llegó a su fin, no sin antes que, en los minutos finales, se trazaran dos o tres jugadas que emocionaron al público de ambos equipos… pero eso fue todo. El final llegó, los jugadores del América se mostraban felices por su solitario gol, tanto necesario para derrotar a un Guadalajara que, durante 90 minutos, no pudo encontrarse en la cancha.
El triunfo fue para el americanismo, en hora buena.

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